Todavía no he comentado que ya tengo aquí mi Nokia N80 de vuelta y arreglado. Reparar la pantalla ha costado 63 euros, 13 más de lo que me habían prometido, pero como me llegó una semana antes de lo previsto, por una vez en la vida que se adelantan los plazos en algo que tenga que ver con trabajo en este país, no me voy a quejar.
De todas formas, tengo un problema. Mi teléfono es una especie de pda y, pese a ser un modelo que ya tiene su tiempo, es el tercer mejor aparato del mercado. Se supone que tiene conexión wifi gratis y llamadas telefónicas gratuitas a través de ese internet. Sí, pillo líneas por todas partes, pero siempre, haga lo que haga, me aparece la misma frase: No hay respuesta de pasarela. Y nunca he logrado conectarme.
Uniendo la incompetencia de la gente que debería trabajar para solucionar cualquier tipo de problemas con mi mala suerte, me da pavor cada vez que tengo que preguntar para que me solucionen algo, y si es por teléfono, más, porque prácticamente tengo que ponerme marionetas en las manos para ver si captan algo. Para empezar, la tía de la tienda me miró como si hubiera visto una supernova cuando le expliqué lo que me pasaba. Me dijo que llamara al 470. Marco e intento contárselo a una operadora sudaca, que está claro no entendió que un móvil puede tener wifi y automáticamente pensó que sólo cabía esperar que mi problema con internet se debiera al router de mi casa. Me pasa con el servicio técnico de internet y vuelvo a decirle todo, mientras el tipo me echa la bronca por molestarle sin tener un problema en que él tenga competencia. Joder, fue la puta sudaca a mí qué me cuenta. Entonces me suelta que donde tengo que llamar es al 1414, no al 470.
Tras explicar todo por tercera ocasión, y volver a hacerlo una cuarta en el correspondiente servicio técnico del 1414 (todo ello acompañado de una música de espera de 10 minutos entre cada operador), el último telefonista me dice que mi problema le parece muy bien, pero que la compañía orange no suministra el tipo de servicio ni la red wifi, así que debería de llamar al telefono de atención al cliente de nokia. Claro, después de una hora no me apetecía, pero llamé al día siguiente…
Una nueva sudamericana intentó hablarme con tecnicismos para mostrarme lo culta y espavilada que era. “Abre los puertos”, afirmaba, haz esto y lo otro de más allá. Todo lo que decía lo hice desde el primer día y aseguro que hasta mi hermana sabría hacerlo. Entonces me dijo “pues no sé, creo que podrías intentar actualizar el software y configurar (…)”. Ya he comentado que con los ordenadores también tengo Show de Truman y soy negado, así que le comenté si no podría indicarme ella detalladamente los pasos a seguir. “Pues no”, me dijo rauda. Y así, tras varias intentonas y tres meses gozando de esta maravilla de teléfono, aún no he podido saborear las mieles del wifi.
De este tipo de asuntos tengo ejemplos para dar y tomar. Una señora de la secretaría de la universidad. Tras llegarme el recibo del pago de la matrícula en una semana de puente para los comercios, con todo cerrado, me obligaban a ingresar el dinero en 5 días siendo laborable sólo esa misma mañana. Le expliqué la situación, y que yo no vivo en la misma ciudad, que si podría imprimir algo por internet, etc. Todo borde me dice que si no vivo en la misma ciudad, no sabía para qué cojones me matriculo en la facultad, “puesto que es una universidad presencial no sé que pintas aquí”. Increíble. Me hizo de ir casi a 200 km/h con el coche para llegar, porque faltaba poco más de una hora para que cerraran.
También, como ya comenté, los de la Seguridad Social ante el supuesto código que los de mi periódico me proporcionaron, al no figurar como dado de alta, para que me la activaran. Después de varios intentos y muchos minutos en los que la piva no abrió la boca ni param ostrar que me escuchaba, me suelta “perfecto, pero a mí ese número no me dice nada”.
Así, una tras otra.
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